Racismo y Derechos Humanos
Aportes para el debate.
Es importante identificar algunos elementos fundamentales para intentar conceptualizar el racismo e identificar por qué anotamos esta práctica como una violación a los Derechos Humanos. En el Perú podemos identificar que el racismo como acción práctica de la discriminación racial encuentra dos niveles de intervención claramente definidos; uno de ellos orientado al espacio cotidiano y las relaciones interpersonales, donde los insultos, los sobrenombres y el “desprecio” se instalan en las formas de interrelación y diálogo entre las personas; y de otro lado el racismo estructural, sistemático y encubierto por las prácticas de los organismos estatales cuyo accionar es mucho más complejo y se traduce en una verdadera limitación para el ejercicio de la ciudadanía, en la medida en que limita el acceso a la educación, la salud, el empleo y la mejora de la calidad de vida de las personas. Podemos registrar que ambas formas pueden darse de manera simultánea y están profundamente relacionadas.
Es importante anotar que en el Perú se calcula que la población afrodescendiente oscila entre el 8 y 10% de la población total, es decir, hablamos de casi 2 millones de personas. Esta información es producto de la observación de las organizaciones que trabajan con dicha población, pues no existen cifras oficiales que registren este dato. De otro lado, si tomamos en cuenta la información de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO) del cuarto trimestre del año 2000, en la que se incorporó una variable de auto-adscripción étnica, la población afrodescendiente representaría el 1% de la población total del Perú. Este vacío es sin duda una expresión más del racismo estructural al cual hacemos referencia, pues identificamos que no existe voluntad política de las autoridades correspondientes para atender a este sector de la población desde sus necesidades y contexto.
Por lo expresado, la identidad étnica de las y los afrodescendientes se basa en el reconocimiento y percepción de las diferencias; en tanto, la discriminación racial y social lo que hace es llevar al extremo estas diferencias basadas en prejuicios y estereotipos. Es por ello que la discriminación juega un papel muy importante en los procesos de definición de las identidades étnicas, raciales, etc., logrando en muchos casos determinarlas. Frente a este contexto, es importante recuperar el pasado colonial esclavista a fin de analizar sus efectos en nosotras y nosotros hoy en día; en ese sentido, podemos identificar que el racismo contribuye a generar formas de interrelación inequitativas, en las cuales el acceso a condiciones mínimas de desarrollo se ve limitado, resultando en una violación a los Derechos Fundamentales.
El reconocimiento de la ciudadanía y su ejercicio se transforman en un tema complejo que aún no ha logrado atenderse desde sus efectos a causa del racismo. Efectivamente, en el Perú, como en muchos países de la región, elementos relacionados con el género, la edad, la opción sexual o nivel económico, social, educativo, cultural, etc., pueden determinar el ejercicio de derechos o su reconocimiento en tanto existe una valoración y/o subvaloración de unas personas frente a otras. Un ejemplo pueden ser los chistes más comunes en el país: “blanco corriendo, atleta; negro corriendo, ladrón”, “blanca con guardapolvo, médico; negra con guardapolvo, empleada doméstica”.
Podemos identificar en ambos ejemplos cómo los prejuicios y estereotipos se instalan, logrando determinar el espacio de interacción de la población de origen africano en una aparente negación de ciertos espacios o actividades que serían para la población no negra. En esta situación se ven enormemente afectadas las mujeres afrodescendientes, pues intervienen otras formas de exclusión basadas en el género y la clase que agudizan esta infravaloración de la ciudadanía y niegan el ejercicio de derechos[1]. Anotamos que es importante mirar el contexto desde la necesidad de un Estado que recoja estos temas como elementos centrales en la urgencia de fortalecer la democracia y superar el racismo estructural y la dominación cultural.
De otro lado, creemos que como punto de partida se debe reconocer el racismo y su impacto, incluyendo a todos los actores y contextos que intervienen en él. “La negación, ocultamiento o subestimación del racismo y la discriminación racial, tanto a nivel del Estado como de la sociedad, contribuye directa e indirectamente, a perpetuar las prácticas del racismo, discriminación, xenofobia y formas conexas de intolerancia” (documento de la Conferencia de las Américas, Santiago de Chile, 2000).
Un estudio de GRADE[2] (2006) aplicado a la población afrodescendiente menciona el color de la piel como la principal causa de discriminación: el 54.5% indica percibir esta discriminación en la calle, el 44.6% en algún local y el 39% en el centro de trabajo. Para este sector de la población, los motivos principales de discriminación suelen ser “la raza o color de piel” y, de modo secundario, la clase social u origen socioeconómico.
De otro lado, una investigación del Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer (DEMUS 2004) indica que en el Perú los grupos indígenas y afrodescendientes son objeto de prácticas discriminatorias en mayor medida que el resto de la población.
[1] Aún podemos percibir en los periódicos anuncios de empleo que indican “Se necesita señoritas de buena presencia”; “se necesita cocinera de preferencia de raza negra”.
[2] Grupo de Análisis para el Desarrollo.
Es importante anotar que en el Perú se calcula que la población afrodescendiente oscila entre el 8 y 10% de la población total, es decir, hablamos de casi 2 millones de personas. Esta información es producto de la observación de las organizaciones que trabajan con dicha población, pues no existen cifras oficiales que registren este dato. De otro lado, si tomamos en cuenta la información de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO) del cuarto trimestre del año 2000, en la que se incorporó una variable de auto-adscripción étnica, la población afrodescendiente representaría el 1% de la población total del Perú. Este vacío es sin duda una expresión más del racismo estructural al cual hacemos referencia, pues identificamos que no existe voluntad política de las autoridades correspondientes para atender a este sector de la población desde sus necesidades y contexto.
Por lo expresado, la identidad étnica de las y los afrodescendientes se basa en el reconocimiento y percepción de las diferencias; en tanto, la discriminación racial y social lo que hace es llevar al extremo estas diferencias basadas en prejuicios y estereotipos. Es por ello que la discriminación juega un papel muy importante en los procesos de definición de las identidades étnicas, raciales, etc., logrando en muchos casos determinarlas. Frente a este contexto, es importante recuperar el pasado colonial esclavista a fin de analizar sus efectos en nosotras y nosotros hoy en día; en ese sentido, podemos identificar que el racismo contribuye a generar formas de interrelación inequitativas, en las cuales el acceso a condiciones mínimas de desarrollo se ve limitado, resultando en una violación a los Derechos Fundamentales.
El reconocimiento de la ciudadanía y su ejercicio se transforman en un tema complejo que aún no ha logrado atenderse desde sus efectos a causa del racismo. Efectivamente, en el Perú, como en muchos países de la región, elementos relacionados con el género, la edad, la opción sexual o nivel económico, social, educativo, cultural, etc., pueden determinar el ejercicio de derechos o su reconocimiento en tanto existe una valoración y/o subvaloración de unas personas frente a otras. Un ejemplo pueden ser los chistes más comunes en el país: “blanco corriendo, atleta; negro corriendo, ladrón”, “blanca con guardapolvo, médico; negra con guardapolvo, empleada doméstica”.
Podemos identificar en ambos ejemplos cómo los prejuicios y estereotipos se instalan, logrando determinar el espacio de interacción de la población de origen africano en una aparente negación de ciertos espacios o actividades que serían para la población no negra. En esta situación se ven enormemente afectadas las mujeres afrodescendientes, pues intervienen otras formas de exclusión basadas en el género y la clase que agudizan esta infravaloración de la ciudadanía y niegan el ejercicio de derechos[1]. Anotamos que es importante mirar el contexto desde la necesidad de un Estado que recoja estos temas como elementos centrales en la urgencia de fortalecer la democracia y superar el racismo estructural y la dominación cultural.
De otro lado, creemos que como punto de partida se debe reconocer el racismo y su impacto, incluyendo a todos los actores y contextos que intervienen en él. “La negación, ocultamiento o subestimación del racismo y la discriminación racial, tanto a nivel del Estado como de la sociedad, contribuye directa e indirectamente, a perpetuar las prácticas del racismo, discriminación, xenofobia y formas conexas de intolerancia” (documento de la Conferencia de las Américas, Santiago de Chile, 2000).
Un estudio de GRADE[2] (2006) aplicado a la población afrodescendiente menciona el color de la piel como la principal causa de discriminación: el 54.5% indica percibir esta discriminación en la calle, el 44.6% en algún local y el 39% en el centro de trabajo. Para este sector de la población, los motivos principales de discriminación suelen ser “la raza o color de piel” y, de modo secundario, la clase social u origen socioeconómico.
De otro lado, una investigación del Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer (DEMUS 2004) indica que en el Perú los grupos indígenas y afrodescendientes son objeto de prácticas discriminatorias en mayor medida que el resto de la población.
[1] Aún podemos percibir en los periódicos anuncios de empleo que indican “Se necesita señoritas de buena presencia”; “se necesita cocinera de preferencia de raza negra”.
[2] Grupo de Análisis para el Desarrollo.
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